lunes, 23 de diciembre de 2013

Testimonio: Vegetariana durante 17 años se pasa a la Dieta Paleo


En este artículo les traigo el testimonio de Leeann Duggan, editora de la revista de moda online refinery29.com, que nos cuenta su experiencia con la Dieta Paleo después de haber sido vegetariana practicamente toda su vida:

Tengo que hacer una confesión: fui vegetariana durante 17 años, pero no lo hice por los animales. De hecho los pollitos, cerditos y demás animales adorables de granja no era lo que tenía en mente. No, me hice vegetariana por un hombre, solo por un hombre: Morrisey (cantante de The Smiths).


 Cuando tenía 15 años, estaba profundamente enamorada él. Compré gafas de Morrissey, hablaba como Morrissey, escuchaba a Patti Smith y Sparks (no estaba preparada para Patti a los 15 años). Así que, la primera vez que escuché a The Smiths cantar “Meat Is Murder” cambié instantáneamente. “Si Morrisey es vegetariano, yo lo seré también” y así fue. Decicí que no comería carne jamás.
"¡Marchando dos ensaladas!"

A parte de una pequeña recaída con comida china dos semanas después de mi conversión, fui abstinente durante 17 años, resistiendo todo tipo de tentaciones. De vacaciones en las islas vírgenes, rechacé pollo, paté y montañas de marisco fresco envueltas en hojas de platanera y cocinados en una hoguera en la playa. En su lugar, preparaba diligentemente tupperwares de judías rojas con arroz del mercado local. En casa rechacé tortas de jamón que me hacían la boca agua y en su lugar comía sándwiches fríos de tres quesos. Mi intención era explorar mi herencia ética de forma divertida (comiendo). Compré un libro de recetas portorriqueñas, y rápidamente aprendí que no podía comer chicharrón, carne guisada, bacalaítos ni prácticamente nada de lo que venía en el libro.

Aun así, nunca me sentí privada. Después de años como una vegetariana que comía Oreos y Lays para cenar (un paquete de fideos de ramen si me sentía imaginativa), decidí que sería mejor aprender a cocinar comida de verdad.
Snacks vegetarianos

Con la ayuda de Julie Sahni, hice calderos enormes de aloo gobi para llevar a reuniones de amigos y otros actos sociales. Molía pequeños pimientos rojos con ajo en el mortero para crear lujosos curris de coco tailandeses y fideos picantes de cacahuete. Alimenté a agradecidos novios y compañeros de piso con mis famosos espaguettis harissa con tapenade de aceitunas. Mis aclamadas fiestas de crepes eran legendarias. Comí campos enteros de kale, toneles de hummus, y montañas de arroz integral. Aprendí a hacer judías, huevos y tempeh, el mitológico trio de las proteínas vegetarianas en incontables formas y combinaciones.

La comida y la cocina se convirtieron en parte de mi identidad y de cómo conectaba con la gente. Me encantaba mi forma de comer, y, habiendo sido criada con boles de cereales y bollicaos para cenar, me encantaba que finalmente estaba conociendo la verdadera comida.

Con el tiempo, mi vegetarianismo se desarrolló a la dimensión moral también. Leer “Food Politics” de Marion Nestle y “Fast Food Nation” de Eric Schlosser me enseñó los horrores del negocio agroalimentario, el maltrato animal y las diferentes sustancias sospechosas que llegan a nuestra carne. Digamos que el capítulo sobre la pus en los alimentos estadounidenses del libro de Schlosser me hizo reforzar más mi vegetarianismo. También leí el brillante seminario de Carol J. Adam titulado “Las políticas sexuales de la carne” que relacionaba la explotación de las mujeres con la de los animales, y por primera vez entendí por qué tantas mujeres se sienten identificadas con la lucha por los animales. Nunca intentaba convencer a los demás pero estaba muy orgullosa de ser vegetariana, y opté por salir de un sistema inherentemente explotador.

Pero, en un determinado punto todo descarriló. Después de 15 años comiendo de una forma que creía que era moralmente correcta y además saludable, tuve una revelación: no me sentía saludable. Y, realmente no podía recordar un momento en que me sintiera saludable. Me ponía enferma constantemente. La depresión y la ansiedad eran problemas constantes. Dormía mucho cada noche, me echaba siestas todos los días y aun así no tenía energía.

Nunca me sentía satisfecha con mi comida. Siempre tuve un apetito saludable, pero me di cuenta de que era la única que siempre iba a por “terceros platos”. A pesar de todos esos vegetales y proteínas saludables, mi dieta tenía un lado oscuro: también tenía un apetito infinito hacia el pan y las golosinas y sentía un “placer culpable” compulsivo (¿alguna vez te has levantado de madrugada para cocinar y comer un lote entero de crepes? ¡Yo sí!). Tenía problemas de peso incluso cuando corría 30 millas a la semana, ganando y perdiendo los mismos 10 kilos durante la mayoría de mi vida adulta. Con el tiempo, el peso se volvía más difícil de perder así que empecé a experimentar con “limpiezas” con zumos de frutas, crudiveganismo, licores americanos, y el resto de dietas milagro insostenibles y tristemente ascéticas.

A pesar de que mi dieta era carente de carne roja, grasa saturada, colesterol y el resto de “enemigos de la salud” que hemos sido entrenados para evitar. A pesar de que meditaba, hacía ejercicio, recibía acupuntura, tomaba suplementos y trataba de mantener una actitud lo más positiva y alegre posible para una cínica de nacimiento como yo, me sentía de una forma completamente opuesta a lo que consideraría saludable. Me sentía, en otras palabras, hecha mierda.

Y, a pesar del hecho de que mi dieta baja en grasas y repleta de legumbres era exactamente como la de la pirámide nutricional de la USDA que tanto nos dicen que sigamos, empecé a sospechar que mis hábitos alimenticios podían ser el hilo conductor que unía mis malos humores, mis problemas de peso y mi completa falta de saciedad.  Finalmente reconocí que todas las verduras y superalimentos en el mundo no podían compensar el efecto que los granos y el azúcar estaban produciendo en mi cuerpo. Después de 17 años remendando mi dieta vegetariana, simplemente no estaba funcionando. Necesitaba un cambio drástico, antes de que mi última dieta milagro me convirtiera en carne para un especial de la ABC.


Pirámide alimenticia de la USDA
Así que en junio me comprometí a comer de una forma que durante años había descartado por parecerme una locura. Sí, el tema cavernícola: sin granos, sin azúcar, sin legumbres, sin comida basura o procesada, o lo que es lo mismo sin todas las comidas con las que había tenido una tortuosa relación de amor-odio. ¿Qué ofrece la dieta paleo en grandes cantidades?: verduras (obviamente no era un problema para mí) y grasa. Deliciosa, untuosa, satisfactoria y anteriormente prohibida grasa. Crema de coco en mi café y verduras salteadas con cantidades generosas de mantequilla, la verdad que fue fácil acostumbrarse. Pero “normalmente” la dieta paleo también incluye carne. Durante una semana, intenté hacer la dieta paleo como vegetariana, lo cual es como intentar ser un asesino en serie pacifista. Pronto me di cuenta que quería sobrevivir con algo más que kale al vapor y huevos fritos, tendría que hacer las paces con la carne.

Para una vegetariana a largo plazo, no es fácil comer salmón por primera vez (¡en la vida!). El pollo fue incluso más difícil que el salmón, probablemente debido al desafortunado parecido del pollo crudo con una placenta. Las chuletas fueron incluso más difíciles, es broma, las chuletas fueron fáciles porque ¡son deliciosas! Pero, en general fue una transición accidentada, tanto mentalmente como “estomacalmente”. Digamos que cualquier vegetariano de toda la vida que quiera volver a comer carne tendrá que tener reservas de estos:


Aún así, a pesar de esas primeras semanas difíciles, los beneficios empezaron a acumularse rápido. Mi estado de ánimo mejoró, mucho. Descubrí que ser una "persona madrugadora” existía realmente y, de hecho, me convertí en una. ¿Alguna vez te has levantado de la cama 2 horas antes de que suene el despertador para beber té, leer el periódico y ver el amanecer? Al parecer eso no solo pasa en la ciencia ficción: también pasa en la vida real.  Mejor aún, mi nueva dieta rica en grasas y proteínas mantenía mis niveles de energía durante el día, no más siestas o quedarse dormida en el metro de camino a casa.

También tuve beneficios cognitivos. Mi memoria a corto plazo, normalmente una fuente de frustración y nombres olvidados, de repente mejoró. No tenía que “escarbar”  en busca de palabras. Me sentía más motivada durante el trabajo y mi escritura se hizo más concisa y divertida (mis editores puede que no estén de acuerdo). Creo que mi cerebro había estado hambriento de grasas saludables, y que esa trágica media cucharadita de aceite de oliva en mi ensalada que tomaba durante mi época de vegetariana no estaba siendo suficiente.

Mentiría si dijera que no esperaba secretamente que la dieta paleo me esculpiera un cuerpo como el de Gisele Bundchen. A parte de perder unos cuantos kilos iniciales, no lo hizo. Sigo teniendo un apetito saludable, y a pesar de lo que puedan decir los más extremistas seguidores de la dieta paleo, las calorías siguen contando. Si eres capaz de engullir como si no hubiera mañana entonces sí, puedes ganar peso hacienda la dieta paleo. Pero para mí, estabilizó mis antojos y me resultó más fácil comer cantidades normales de comida. Todavía me encanta la comida y cocinar, pero pienso en ello cuando es hora de comer, no a todas horas. No más crepes de madrugada para mí.

No tengo una gran respuesta para la parte moral de esta ecuación. Compro carne lo más éticamente que me puedo permitir, pero no me siento del todo bien con el hecho de que animales mueran para que yo pueda comer de esta forma. Lo mejor que se me ocurre es que para mí, paleo es una forma de auto-cuidado, una que me ha ayudado a controlar mi estado de ánimo y que me ha liberado de una forma de comer compulsiva que estaba empeorando con el tiempo. La mayoría de personas todavía piensan en la dieta paleo como una forma de comer muy restrictiva, pero para mí, eso es precisamente de lo que me liberó. No comer tostadas y en su lugar “solamente” comer una tortilla de 3 huevos con bacon para desayunar no lo veo precisamente como restringir. Castigarme a mí misma por repetir pasta la noche anterior con 2 días de ayuno… eso sí que era restringir. Con la dieta paleo estoy fuera de eso para siempre.

En conclusión, no me arrepiento de haber vuelto a comer carne. Después de casi dos décadas de interminables remiendos con una dieta vegetariana, puedo decir con seguridad que no era para mí. Estoy muy, muy agradecida de haber encontrado esta forma de comer porque es la única forma que ha sido saludable y sostenible para mí. Y sí, estoy agradecida por todos los animalitos que terminan en mi plato también. Desearía haber hecho el cambio años antes, probablemente mi vida hubiera sido más divertida si no hubiera estado en una maldita dieta toda mi vida adulta. La carne simplemente funciona mejor para mi cuerpo, y me siento bien acerca de ello, solamente eh.. no se lo digan a Morrissey, ¿Vale?
Testimonio: Leeann Duggan (refinery29.com)
Edición: Yerai Alonso

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...